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Hacer con las manos: por qué seguimos necesitando crear

Hacer con las manos: por qué seguimos necesitando crear

Hay algo que pasa cuando hacemos algo con las manos que es difícil de explicar hasta que lo volvemos a experimentar.

Puede ser tejer, cocinar, bordar, pintar, trabajar la madera, plantar, reparar algo o simplemente sentarnos a armar una cosa que antes no existía. Durante un rato, nuestra atención cambia de lugar. Dejamos de mirar tantas cosas al mismo tiempo y empezamos a concentrarnos en una sola.

Quizás por eso tantas personas vuelven a buscar actividades manuales después de años sin hacerlas. No necesariamente porque quieran aprender un oficio o convertirse en expertas. A veces simplemente necesitan hacer algo más lento, algo concreto, algo que puedan tocar.

Hay una diferencia entre hacer y producir

Estamos muy acostumbrados a que el tiempo tenga que servir para algo. Trabajamos, organizamos, resolvemos, avanzamos. Incluso el tiempo libre puede terminar lleno de objetivos: aprender algo para mejorar, hacer ejercicio para conseguir un resultado, cocinar para cumplir con una alimentación determinada.

Pero no todo lo que hacemos tiene que llevarnos a alguna parte.

También podemos hacer algo porque nos gusta.

Coser aunque no quede perfecto. Pintar sin pensar en mostrarlo. Cocinar una receta solamente porque queremos probarla. Tejer mientras escuchamos música. Plantar algo y esperar. Reparar una cosa en vez de reemplazarla.

Hay algo liberador en volver a hacer cosas sin exigirles que se conviertan en otra cosa.

Y quizás ahí aparece una forma distinta de pausa: no necesariamente dejar de hacer, sino hacer con otra atención.

Cuando las manos se ocupan, algo cambia

Hacer con las manos nos obliga a estar un poco más presentes. Hay que mirar lo que estamos haciendo, sentir los materiales, repetir un movimiento, corregirlo, volver a intentar.

Una puntada necesita otra.

Una masa cambia mientras la trabajamos.

Una pieza de arcilla responde a la presión de los dedos.

La madera nos muestra sus vetas y también sus dificultades.

No podemos apurar completamente esos procesos.

Y eso, en una vida que muchas veces nos empuja hacia la velocidad, tiene un valor especial.

No significa que hacer manualidades sea una solución para todos nuestros problemas ni que pueda reemplazar otras formas de cuidado. Pero sí existe investigación que ha encontrado asociaciones entre distintas actividades artesanales y aspectos como el bienestar, el ánimo, la autoeficacia, el sentido de propósito y la conexión social, aunque la evidencia todavía es heterogénea y no permite afirmar que estos beneficios sean iguales o duraderos para todas las personas.

Tal vez lo interesante no sea buscar una gran explicación.

Tal vez basta con recordar cómo se siente cuando estamos completamente concentrados en algo que estamos haciendo.

También hay algo físico en crear

Vivimos buena parte del día frente a pantallas. Pensamos, escribimos, hablamos, hacemos clic, deslizamos.

Las manos siguen ahí, pero muchas veces están haciendo movimientos pequeños y repetitivos mientras nuestra atención está en otro lugar.

Hacer algo de forma manual nos devuelve una relación distinta con el cuerpo. Tenemos que coordinar, tocar, medir, sostener, cortar, amasar, unir, mover.

Dependiendo de la actividad, podemos incluso cambiar de postura, caminar, agacharnos, trabajar de pie o utilizar distintas partes del cuerpo.

No se trata de convertir los oficios en una rutina de ejercicio.

Se trata de algo mucho más sencillo: volver a usar el cuerpo para crear algo real.

Y después está esa sensación de decir: esto lo hice yo

Hay una satisfacción particular en terminar algo que antes no existía.

No importa demasiado si quedó perfecto.

Puede ser una pequeña pieza, una comida, una planta que finalmente creció, una reparación, un tejido, una pintura o cualquier cosa que haya pasado de ser una idea a convertirse en algo concreto.

Ver ese proceso puede devolvernos una sensación que a veces perdemos en la vida cotidiana: la de ser capaces de hacer.

No solamente consumir lo que otros hicieron.

No solamente mirar.

Hacer nosotros.

Y esa experiencia puede ser especialmente valiosa cuando todo a nuestro alrededor parece suceder demasiado rápido.

Lo que aprendemos también puede quedarse

Quizás por eso los oficios tienen otra dimensión que va mucho más allá de pasar el tiempo.

Hay conocimientos que aprendemos de alguien.

Una receta que nos enseñó una abuela. Una manera de coser. Una técnica para trabajar la madera. Una forma de cultivar. Un punto de tejido. Una manera de reparar una cosa antes de botarla.

Muchas veces no pensamos en eso como patrimonio.

Pero una parte importante de lo que somos también vive en esos saberes que pasan de unas manos a otras.

La UNESCO reconoce dentro del patrimonio cultural inmaterial los conocimientos y técnicas relacionados con la artesanía tradicional, justamente porque no importa solamente el objeto que se produce, sino también el conocimiento que existe detrás y la posibilidad de que siga transmitiéndose.

Quizás por eso vale la pena seguir aprendiendo

No necesariamente para producir más.

No para convertir cada afición en un negocio.

No para demostrar que sabemos hacer algo.

A veces vale la pena aprender simplemente porque hay algo hermoso en descubrir cómo se hace una cosa.

Y porque mientras aprendemos también conocemos materiales, historias, personas y formas distintas de mirar el mundo.

Los oficios pueden conectar generaciones. Pueden acercarnos a nuestras familias, a nuestros lugares y a nuestras propias capacidades. Pueden convertirse en una forma de conservar algo que, de otro modo, podría desaparecer.

Y también pueden ser una manera muy sencilla de hacer espacio para nosotros.

Hacer por el placer de hacer

En DANCARÚ nos interesa ese momento.

El momento en que dejamos de trabajar y hacemos algo porque queremos hacerlo. Sin apuro. Sin tener que demostrar nada. Sin necesidad de convertirlo en productividad.

Nos interesa la mesa, la conversación, la naturaleza, el descanso y también el hacer con las manos, porque todos esos espacios forman parte de la vida que ocurre cuando dejamos de correr. Ese es uno de los territorios que hemos definido para la marca.

Quizás no necesitamos llenar más nuestro tiempo.

Quizás necesitamos recuperar algunas cosas que hacíamos antes, descubrir otras nuevas y permitirnos hacerlas simplemente por el placer de hacer.

Porque al final no siempre recordamos cuánto producimos.

Muchas veces recordamos lo que vivimos, lo que aprendimos y lo que fuimos capaces de hacer con nuestras propias manos.

¿Qué haces con las manos?

Puede ser algo que aprendiste hace años o algo que acabas de descubrir.

Puede ser cocinar, coser, plantar, dibujar, construir, reparar, tejer o cualquier otra cosa.

Nos gustaría saberlo.

Cuéntanos en @dancaruchile qué haces cuando haces por el placer de hacer.

DANCARÚ
Objetos para disfrutar, compartir y hacer las cosas que nos gustan cuando no estamos trabajando.

Las pausas que importan.


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